"CUADERNO ESCLAVO". RODRIGO OLAVARRÍA


Santiago / Rio de Janeiro / Santiago
Enero –Diciembre, 2007.


FOTO DE JOSÉ ANTONIO GALLOSO



Mientras espero a Bernardita en Plaza Ñuñoa para pactar los términos del fin de nuestra relación, bebo una cerveza y leo el prólogo de Stephen Spender para Under the Volcano. “the poet is an instrument of sensibility acted upon by the situation in which he lives (…) His aim is to create a work of objectivity in which the order of the past is re-created, in a form which reflects the fragmentation of the present”.[1]


De pronto y sin un átomo de duda, escribo en el cuaderno: Hay que pensar en contra de uno mismo y vivir en tercera persona. Lo escribo y estoy casi seguro de que no es idea mía, estoy a punto de llamar a la Rebeca para que me diga si es o no Pessoa. Crear un trabajo de objetividad en el cual el orden del pasado sea re-creado de una manera que refleje la fragmentación del presente.


Ezra Pound, citado por Spender: “The artist seeks out the luminous detail and presents it. He does not comment”.[2] El satori, el detalle luminoso y las epifanías, esos momentos que todos experimentamos, los flashazos donde el universo parece susurrarnos al oído y hacernos parte de un secreto. Sin mayores comentarios.


Mientras la conversación sobre nuestra ruptura se alargaba en frases innecesarias sólo podía pensar en llegar a casa y ver el final de la primera temporada de Rome.


Me quejaba en delicados yambos de la incapacidad de tres nervios abdominales de producir un nirvana duradero, de la ilusión de algunos que fingen no saber que vivimos en una guerra irreconciliable entre el rico y el pobre, el hombre y la mujer, el adulto y el niño, el nonato y el cuerpo de su madre. Quiero que mis versos abandonen momentáneamente las ternezas, he repetido demasiado eso de and I also will sing war when this matter of a girl is exhausted, it’s time to proceed in a more stately manner.[3]


Escucho las efemérides en el colectivo, hablan de Gutenberg y Ariosto, al escuchar las fechas de creación de la imprenta y de nacimiento de Ariosto me cae la teja: Es probable que Orlando Furioso sea la primera obra importante en ser escrita con la conciencia de la existencia de la imprenta. Una obra apoteósica y terminal, el Kill Bill de las novelas de caballería.


Acabo de comprar un pasaje a Rio de Janeiro, me voy en tres días. Aunque no me importa lo que Bernardita pueda pensar, espero que no interprete mi viaje como una melodramática salida de escena o que se lo tome a mal, no podría estar más equivocada si lo hiciera.


El poeta Alceo escribió: “No plantes ningún árbol antes que la viña” y Tucídides afirmaba que lo que separó a los pueblos del mediterráneo de los bárbaros fue que aprendieron a cultivar las viñas y el olivo. Suena como una buena idea: El sueño de la viña propia.


Cerca de la esquina de Compañía de Jesús con Matucana hay un letrero enigmático: “Vástagos durocromados.” Cuando abrí mi libreta para tomar nota, encontré el siguiente verso, copiado hace quién sabe cuánto: “Por mala nigromancia perdió buena salud.” La reunión de ambos me parece espantosa.


Una idea común cada vez que un árbol o un poste de luz se interpone entre mis ojos y un rostro. Una cita imposible de diferir con el amor o con la muerte.
 
FOTO DE JOSÉ ANTONIO GALLOSO

Hoy, tal como Alfred Russel Wallace en su momento, puedo afirmar que siento un honesto deseo de visitar un país tropical, de contemplar la exuberancia de la vida animal y vegetal que existen ahí y ver con mis propios ojos aquellas maravillas cuya lectura me deleitaba en las narraciones de los viajeros. Esos fueron los motivos que me indujeron a romper con las amarras del trabajo y los lazos del hogar para dirigirme hacia una tierra lejana donde reina un verano sin fin.


Estaba haciendo la maleta, reprimiendo el impulso de llevar demasiados libros, cuando recordé un episodio de la revista Disneylandia: Hugo, Paco y Luis van a acampar al bosque, pasan a buscar a un primo, un pavo o un ganso, lo ayudan a cargar mochilas y bolsos. Cuando llegan al bosque abren su equipaje y descubren que lleva solamente libros.


Distribuyendo libros entre la maleta y el bolso de mano descubrí que había olvidado el cuaderno donde estuve escribiendo los últimos cuatro meses en la casa de B. Esto significa que perdí un centenar de poemas fallidos con comienzos luminosos, recuerdos falsos robados de quién sabe dónde, anotaciones referentes a Auden, Wallace Stevens y al Testamento de Gombrowicz, además de aquellas en que pienso en contra de mí mismo, naturalmente. Siento que de manera inevitable todo lo que escriba en este nuevo cuaderno va a cargar con las ideas e historias que creí fijar en ese cuaderno que espero recuperar apenas regrese.


Si intento reconstruir de memoria los contenidos de ese otro cuaderno, ¿es este cuaderno un esclavo del otro?


El irresistible deseo de cantar canciones de Buddy Holly cuando un avión despega.


Las alas del avión tiemblan como un serrucho y no puedo evitar pensar en la metáfora empleada por Julio César para explicar el funcionamiento del ejército romano. Un serrucho que corta cambiando el punto de apoyo de sus dientes. Un disciplinado serrucho temeroso del fantasma de Cartago.


Notas para una antología de la forma. Gombrowicz en Testamento:

Ignoro cuál es mi forma, ignoro qué es lo que soy, pero sufro cuando se me deforma. Al menos sé lo que no soy. Mi yo es la voluntad de ser “yo mismo”, simplemente.


En 1965, los Who eran tan perfectos como los Stooges en 1969. Tenían clara conciencia de lo que siempre debió ser el rocanrol, música nada pomposa, primitiva, puro feedback e inmadurez, esa es la palabra, inmadurez. Los Who o los Stooges habrían sido las bandas favoritas de Gombrowicz porque son las más puras muestras de no podermiento hechas sonido. Lamentablemente, el camino que trazan los Who con I’m a boy, A quick one, Tommy y Quadrophenia es el de una veloz retirada de la juventud, el de renuncia a la inmadurez. El de la experimentación que lleva a la autoindulgencia propia de las bandas fascinadas por la narrativa operática y la obra total.




Notas para una antología de la forma. Gombrowicz en Testamento:

Cuanto más artificiales somos más cerca estamos de acercarnos a la franqueza.


El avión hace escala en Sao Paulo. Conozco algunos pasajeros mientras vagamos por el aeropuerto, unos dicen que vamos a perder el vuelo y tienen razón, al rato nos informan que el avión tiene tres horas de atraso, que podemos esperar o irnos a un hotel y partir en la mañana. Un chileno que habla perfecto portugués nos representa, él decide esperar, yo también, unas jovencitas chilenas repiten que si su papá estuviera ahí esto no habría pasado, ellas también deciden esperar, todos los demás se van al Holiday Inn.


Estaba durmiendo en la capilla ecuménica del aeropuerto cuando entró una de las adolescentes chilenas y se puso a rezar, después de unos minutos se sentó a mi lado, me preguntó si estaba rezando y le dije que no, que justo había logrado quedarme dormido cuando ella entró. Me preguntó cuál era la religión más practicada en Brasil y le dije que, sin lugar a dudas, la forma de espiritualidad más popular eran los cultos de adoración al demonio.


Llegué a Rio con cuatro horas de atraso, llamé a Rô para que me indique cómo llegar a su casa y me dijo que estaba esperando en el aeropuerto, que cuando avisaron el atraso del vuelo compró una revista y se echó a dormir. Son las tres y media de la mañana y es la primera vez que nos vemos desde el 2001. En estos años he pensado varias veces que quizás cuando nos viéramos estaríamos cambiados, que los humores y antiguas lógicas se habrían oxidado y que la separación prolongada nos habría alejado irremediablemente.


En compensación por el atraso la línea aérea me regala dos tickets de taxi gratis, vamos a buscarlos riendo, de entrada todo es alegría, nos abrazamos largamente, nos dirigimos a la puerta del aeropuerto y cuando estas se abren la tibia humedad de Rio de Janeiro se me mete a los pulmones. Tomamos un taxi que sale de Galeão y nos lleva a través de los hediondos pantanos que rodean el aeropuerto hasta Copacabana, al pie del Othon Palace, donde está el departamento de mi amigo, ahí nos espera Mr. Ponio, con quien bajamos a tomar unas cervezas a la playa.


Es la primera vez que veo la biblioteca de Rô en seis años, están los doctos volúmenes que consumimos desde los doce en adelante, los que robamos, los que compramos a medias, los que le envié desde Chile y los que ha sumado desde que llegó acá, tomo nota:libros de Truffaut, André Bazin, Pauline Kael y Peter Bogdanovich, libros sobre Kubrick, Scorsese, Glauber Rocha y otros. Varios libros sobre música pop. Una edición inglesa del Libro de los pasajes de Benjamin y varios de Susan Sontag. Biografías y autobiografías por montones. Novelas de P.G. Woodhouse, Nabokov y Raymond Chandler. Varias docenas de comics, Gary Larsson, Robert Crumb, Art Spiegelman, Alan Moore y otros.


La biblioteca de Rô está repleta de traducciones, por ejemplo, Dostoievski y Tolstoi en inglés, Estrella distante en portugués, cuentos de Machado de Assis en castellano y varios de Kafka en portugués. Esta última línea resume bastante bien la personalidad de mi amigo. Abro A metamorfose en la primera página:

Quando certa manhã Gregor Samsa acordou de sonhos intranquilos, em sua cama metamorfoseado num inseto monstruoso. Estava deitado sobre suas costas duras como couraça e, ao levantar um pouco a cabeça, viu seu ventre abaulado, marrom, dividido por nervuras arqueadas, no topo de qual a coberta, prestes a deslizar de vez, ainda mal se sustinha. Suas numerosas pernas, lastimavel­mente finas em comparação com o volume do resto do corpo, tremu­lavam desamparadas diante dos seus olhos.


Aquí las plantas parecen haber desarrollado todo tipo de apéndices que hacen las veces de raíces, estas ya no corren solamente bajo tierra, pues desde las ramas penden extremidades diversas con el fin aparente de extraer del aire toda la humedad posible, las hojas gruesas de un verde oscuro y lustroso dan cuenta del éxito de esta adaptación, que en el norte de Chile se traduce en espinas y en el sur en una tenue pelambre que cubre los troncos de las plantas de apariencia prehistórica.




Notas para una antología de la forma. Gombrowicz en Testamento:

Emprenderla contra aquello que se desprecia, que se detesta, con la violencia, la falsedad, la crueldad, con cualquier infamia, tal como se presenta, sin preocuparse de las razones profundas. Me creo a mí mismo a través de mi obra. Primero combatiré y después sabré lo que soy.


Bajo la luz indirecta de la historia o la ficción aparecen sombras deformes que mienten, al poco rato se hace evidente que sólo aman la guerra los que no la conocen. Entonces, ¿fue Homero un guerrero o sólo un poeta? ¿Es Homero el autor de la Ilíada y la Odisea o sólo de la primera? ¿Fue una mujer la autora de la Odisea?


Hojeando Come as you are de Michael Azerrad, encuentro estos pasajes sobre Kurt Cobain a los dieciocho años: “Unemployed and virtually penniless, he passed the time that winter by hanging out in the library reading books and writing poetry.”[4] Y, después de caer preso por escribir “God is gay” con spray en un edificio público: “A police report detailed the contents of his pockets: one guitar pick, one key, one can of beer, one mood ring, and one cassette by the militant punk band Millions of Dead Cops”.[5]


Así era yo. Caminaba por la calle sin dinero en los bolsillos, tarareaba un blues que prácticamente se había formado en mi boca y que decía: I got the bank account blues, got no money, no honey, what can I do?[6] Vivía en un país lejano como el punk y la salud. Todavía no tenía veinte años, una cuenta en el banco o necesidad de dinero, leía, me familiarizaba con los tópicos del dolor y le daba vueltas a lo que podría pasar si mirase al cielo lo suficiente.


El día anterior a mi viaje vino a mi casa una chica de rasgos orientales, traía una botella de aceite de oliva como agradecimiento porque un día aburrido respondí una encuesta. Llegó en una bicicleta con motor, conversamos, me entregó la botella y le ofrecí una cerveza, aceptó y nos sentamos afuera a conversar. Le pedí que me enseñara a andar en su bicicleta, le conté que al día siguiente a las cuatro de la tarde me iba a Rio y que quería estar allá por lo menos dos meses. Le pregunté si tenía novio y respondió que no, que estaba juntando dinero para ir a Perú. Se terminó la cerveza y al rato se fue a su casa. Eran casi las nueve cuando me llamó y me invitó a tomar algo en Plaza Ñuñoa, acepté. Habían pasado apenas cinco días y estaba sentado con otra mujer en el mismo bar donde había terminado. Cuando le propuse comprar algo para beber y partir a mi casa, dijo que le parecía una buena idea, pero que prefería que le repitiera la invitación cuando estuviéramos los dos de vuelta en Santiago, después de eso caminamos, nos dimos unos besos y ella tomó un taxi en dirección a La Reina. Ahora pienso en ella.


No existe el amor heroico porque en el amor no puede haber hazañas, estas sólo existen en la esfera social, no en la esfera personal.


Estoy metido hasta el cuello en el mar frente a Ipanema y no me preocupa que mis pies no toquen el suelo, de puro nervioso empiezo a repetir: maldito encogedor de escrotos, encogedor de escrotos, maldito encogedor de escrotos. Poco después descubro que la corriente me está alejando de la playa, imagino que me ahogo, que nadie se da cuenta y que me voy flotando mar adentro hasta cruzar el océano y llegar a Namibia. Pataleo frenético hasta que llego a la playa en medio de avezados nadadores de siete años y me siento en la toalla a recuperar el aire. Es hora de proceder in a more stately manner. Cuando llegue a Santiago voy a tomar clases de natación.


Aunque estoy cansado de pensar siempre en contra de mí mismo y contra la interpretación de mis actos, debiera hacer como Marx y escribir sobre la puerta de entrada a mi dormitorio un lema como de omnibus dubitandum o algo por el estilo.


Mala idea bañarse en Copacabana con anteojos, llevo menos de una semana acá y ya perdí mis lentes. Mañana a primera hora voy a tener que llamar a Santiago para pedir mi receta y encargar unos nuevos.


Recuerdo un fragmento de Auden que copié en el otro cuaderno: “all those jolly nymphs and sheperds loving away like mad while empires rise and fall”.[7] Esto me recuerda que a los quince años escribí un relato con ninfas y sátiros que hoy no me atrevería ni siquiera a leer, ahora pienso que atribuía a ellos todas las sensiblerías que no me permitía escribir en primera persona.


Tal vez mientras escribía Alameda tras las rejas fui por primera vez capaz de escribir sin desplazar mis ideas a otro sujeto, afirmando mi obstinación por la primera persona, aunque para hacerlo haya tenido que referirme a mí mismo como tú.




[1] “el poeta es un instrumento de la sensibilidad en el cual actúa la situación en que vive (…) su trabajo es crear una obra de objetividad en el cual el orden del pasado es recreado, en una obra que refleje la fragmentación del presente”.
[2] “El artista busca el detalle luminoso y lo presenta. No comenta.”
[3] Y yo también cantaré la guerra cuando el asunto con esta chica se agote, es hora de proceder de manera más señorial.
[4] “Desempleado y virtualmente sin un centavo, pasó ese invierno en la biblioteca leyendo libros y escribiendo poesía”.
[5]  “Un informe de la policía detalla el contenido de sus bolsillos: una uñeta, una llave, una lata de cerveza, un mood ring y un cassette de la banda de punk militante Millions of Dead Cops”.
[6] Tengo el blues de la cuenta corriente, no tengo dinero, ni amor ¿qué puedo hacer?
[7] “…todos esos alegres pastores y ninfas amándose como locos mientras los imperios se levantan y caen”.

Con tecnología de Blogger.