STEPHEN MORRISSEY / 1950





















Yo nací en la mitad del siglo:
50 años antes del 2000,
50 años después de 1900.
Los hornos crematorios
todavía apestaban.
Idi Amin y Pol Pot aún eran jóvenes.
En 1950, alguien puso un martillo en sus manos
y les dijo:
"Aplastad tantos cráneos
como sea posible"
y lo hicieron.
El cuerpo de Hitler,
piernas carbonizadas,
oscurecidas de cenizas y de hueso, 
permanecía aún caliente
y como si estuviese vivo
nos hablaba en susurros.
Con la mano derecha, aún sin descomponerse,
dibujaba swasticas en el polvo. 

En los 50 vivía cada tarde de domingo
a través de la Twentieth Century
en la televisión:
el dia Dieppe,
Messerschmitt y Panzers.
Amigos judíos en la escuela
perdieron ambas ramas familiares
y ya nunca las conocerían.
Un día sabrán—nos decían.
E imaginábamos que aún podríamos oír las bombas
explotando en un cielo rojo,
escondidos bajo las mesas de la cocina,
mientras las sirenas de las incursiones aéreas
sonaban a lo lejos recordándonos 
el sonido de las ametralladoras 
como lluvia que cae sobre un techo de hojalata.
Se dispararon tantas balas como personas murieron
en Babi Yar, alrededor de 10. 000. 
En Dresde las calles se convirtieron en asfalto líquido.
Todo eso flotaba en la atmósfera
como humo ¿o eran nuestras mentes?
un prolongado grito ¿o era Mao Tse Tung
y la Gran Marcha del ejercito rojo,
el paso de la gente a través del continente
de este siglo?
Sus nombres como ciudades,
lugares donde la gente era llevada y ejecutada
o claudicaba y se rendía:
Stalin, Hitler, Mussolini
Ho Chi Minh, Castro.

Yo nací en la mitad de un siglo
conocido por su crueldad.
Tumbas masivas descubiertas al paso de los años,
soldados polacos ejecutados en un bosque a las afueras de Varsovia,
enterrados allí donde cayeron,
hombres con capas blancas mirando a las bulldozers 
velar a los muertos.
Cuerpos ajados, carnes grises, oscuros genitales desnudos
expuestos sin vergüenza.
Colgaron los muertos
sobre las espaldas de los asesinos
como costados de reses.
Arrojados en tumbas colectivas
de millas de largo, cuerpos
hinchados y cubiertos de limo.
Esta semana ví los muertos
en la televisión
mezclados y retorciéndose en olas turbias,
coloreándose el agua con la carne en descomposición.
Incontables actos de homicidio,
la muerte del alma, la muerte del espíritu.
Atrapados por aldeanos
que los descuartizaron a machetazos, sus vecinos, 
el matadero humano,
dando cuerpo a un rompecabezas de rojas partes.
No podemos reordenarlas.
No podemos tratar con tanta muerte.
Así que no pienses en eso.
Vuelve a tu propia vida.
Los muertos no pueden volver a vivir,
no pueden regresar para visitarnos.
¿Qué significan estos cuerpos
ahora que hemos visto tanta muerte?

Luchamos con el demonio, salvemos
lo que es bueno y precioso:
prehistóricas manos dibujadas en una cueva de Lascaux,
los tapices de Bayeux, el libro de Kells.
Con un pie en cada mitad de siglo,
recuerdo cuando Stalin
mataba de hambre a los ucranianos,
y las mujeres gritaban en las calles de Saigón.
Estamos hipnotizados por tantas escenas de muerte.
Mientras más vemos, más evadimos
nuestra propia muerte.
Ejecuciones en las calles, el cuerpo
colgado de un hombre
repetidamente batido con el metal doblado
de una silla,
sus pies a seis pulgadas del piso,
su cara ennegrecida y
una multitud mirando temerosa y reverente
la ausencia de vida en aquel que sólo momentos antes
se nos asemejaba,
los miles de toneladas
de sufrimiento humano como toxinas liberadas
flotan en la atmósfera,
gemidos y gritos grabados.
Ningún catalogo del sufrimiento humano es completo:
Rwanda, Armenia, Liberia, Bosnia...



1950

I was born 
in the middle of the century; 
fifty years before 2000 
fifty years after 1900. 
The human crematoria 
were still warm; 
Idi Amin and 
Pol Pot were young 
in 1950; someone 
put a hammer in their hands 
and told them "crush 
as many skulls 
as possible," 
and they did. Hitler's 
body barley cold, 
his legs charred black 
with ash and bone; 
as if still alive, 
he spoke in whispers 
and with his good 
right hand 
drew swastikas 
in the dirt. 

In the 1950s 
I lived each Sunday 
afternoon through 
The Twentieth Century 
on television: 
D-Day and Dieppe, 
Messerschmitts and panzers; 
Jewish friends at school lost 
whole branches of families 
they would never meet- 
"one day you'll know" 
they said. We imagined 
we could still hear 
bombs exploding 
in a red sky; 
hid under kitchen 
tables while air raid sirens 
wailed, and in the mind's distance 
the sound of machine guns 
like rain on a tin roof, 
as many bullets fired 
as people killed at Babi Yar, 
over 100,000; at Dresden 
streets turned into melted asphalt. 
These events caught 
in the atmosphere, like smoke 
or was it our minds? 
A prolonged scream, 
or was it Mao Tse-tung 
and the Red Army's 
Long March, 
the passage of people across 
the continent 
of this century? 
Their names are like 
cities, places where 
people meet and are 
executed, or believe 
and surrender: Stalin, 
Hitler, Mussolini, Ho Chi Minh, 
Castro. 

I was born in the middle 
of a century known 
for cruelty: mass graves 
unearthed years after burials; 
Polish soldiers shot 
in a forest outside 
Warsaw, buried where they 
fell; men in white 
coats watch bulldozers 
uncover the dead, 
bodies limp, flesh grey, 
naked dark genitals 
exposed without shame. 
They hung the dead 
over the backs 
of the killers 
like sides of beef, 
dumped them 
in mile-long 
mass graves; 
the bloated bodies 
covered with lime. 
Even this week 
I saw the dead on television 
tossed and twisted 
in muddy waves, water the colour 
of decaying flesh. The many 
acts of homicide, soul 
death, spirit death; 
trapped by villagers 
who hacked neighbours 
into pieces with machetes; 
the human abattoir, 
bodies a red jig-saw puzzle of parts. 
We can't sort these pieces, 
we can't deal with this much 
death, so don't think 
about it, get on with life, 
the dead can't return 
to life, they can't 
return to haunt you; 
what do these bodies mean, 
now we've seen 
so much death? 

We struggle 
with evil, save 
what is good as precious: 
prehistoric hands drawn 
on a Lascaux cave; 
the Bayeaux Tapestry; 
the Book of Kells. 
With one foot in both 
halves of the century 
I remember when 
Stalin starved Ukrainians, 
and women cried 
in Saigon's streets. 
We are mesmerized 
by scenes of death; the more 
we see the more we evade 
our own mortality: street 
executions, a hanged man's 
body repeatedly battered 
with a metal folding chair, 
his feet six inches 
from the ground; 
his face turned black, 
a crowd watches 
afraid and awed 
at the lifelessness of what, 
moments before, 
resembled us; 
the thousand tons 
of suffering like toxins 
released into 
the atmosphere, the recorded 
groans and screams; 
no catalogue 
of suffering 
is complete: Rwanda, 
Armenia, Liberia, 
Bosnia... 



Stephen Morrissey From The Trees of Unknowing, Montreal 1978



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