LOS MAESTROS TIPÓGRAFOS. MARIO ORTÍZ.











Claude Garamond fue uno de los primeros maestros tipógrafos reconocidos, que diseñó en el siglo xvi el modelo que lleva su nombre. Él introdujo el concepto de familia y serie tipográfica.


Tipografía Garamond
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Como se sabe, por esos momentos el desarrollo de la imprenta se encontraba en medio de una verdadera transformación cultural y política en toda Europa, y a su vez fue uno de sus agentes más activos. Por primera vez los textos dejaban de ser reliquias artesanales trabajosamente elaboradas por los monjes, para convertirse en un objeto de circulación cada vez más amplia. Obras de la Antigüedad redescubierta o trabajos recientes ahora podían estar en manos de cualquiera que dispusiese de dinero para comprar el libro, por otra parte cada vez más accesible a medida que la técnica imprentera y la fabricación de papel perfeccionaban sus procedimientos de producción. La imagen de un hombre encerrado en un cuarto a solas, sentado cómodamente en su sillón con el libro en la mano cuyas páginas son tenuemente iluminadas por la luz de alguna lámpara hoy nos resulta familiar, pero debió ciertamente ser novedosa hacia el siglo xvi. Allí nació el Lector Contemporáneo, y junto con él la novela, modelo futuro del consumo burgués de ficciones. Pero de ese lector nació también el libre examen, capítulo esencial en la revolución luterana que por esos momentos también se propagaba por toda Europa. Podemos ver a Lutero, él mismo un Lector Contemporáneo, en ese cuarto con la Biblia ante sus ojos, completamente a solas, sin la mirada censora de la Tradición Dogmática y de los Santos Padres de la Iglesia. La luz que atraviesa los cristales de la ventana y desciende sobre sus páginas, proviene ahora de un sol que ha despejado completamente las tinieblas con que, ya desde esos momentos, se ha identificado a la Edad Media. En este ambiente convulsionado se educó Garamond. Nació en Francia en 1490. Muy posiblemente, haya dedicado sus primeros estudios al dibujo y la pintura, pero la nueva industria que rápidamente se difundía, requería nuevos modelos de letras, adecuados a demandas diversas: nacía lo que hoy llamamos el diseño gráfico, y a esta actividad terminó consagrándose hasta muerte. Al fin y al cabo, Garamond sabía perfectamente que las letras son una prolongación de las artes plásticas, o si se quiere, una  parcelación del infinito campo de lo dibujable. Él ya tenía conocimiento de que Durero había diseñado una tipografía gótica, y también sabía por determinadas referencias directas que el propio maestro la consideraba como una de sus obras más logradas, a la par de sus célebres autorretratos. Poco a poco se empieza a advertir que el remate afinado y elegante de una “T” puede corresponderse con el ala de un pájaro al movimiento del pincel, pero más concretamente, se corresponde a sí mismo, a su propia necesidad de “T”. Cuando llega ese momento, puede decirse que el tipógrafo se convierte en maestro: ve letras y signos ortográficos en la vibración del aire; en la voluta de un zarcillo encuentra la prolongación superior de una “r” que se hunde en la turgencia jugosa de una uvita. Entonces no se trata de símbolos en cuanto arcanos de una supuesta escritura de Dios inscripta en la naturaleza, sino solo de formas y figuras; fondos y contrastes; elementos puramente plásticos por cuyas combinaciones el universo se reordena sobre el papel, y el vuelo de todos los pájaros imaginables deviene propiedad de una sola consonante. Garamond comenzó a ejercitarse a las órdenes de Antoine Augereau. Él le enseñó el arte de trazar las líneas paralelas, ejes circulares, rectas, curvas y semicurvas en que quedan perfiladas cada una de las letras sobre el tablero de dibujo. También lo inició en el complejo procedimiento de grabar los punzones de fundición en cuyo extremo emergía en altorrelieve la letra de molde en posición invertida. Pero Augereau no era un artista solo ocupado de los problemas técnicos de su oficio, sino que con su arte participaba activamente en la agitación política y religiosa de su tiempo. Convertido a la Iglesia reformada, había asentado un principio fundamental como guía de su trabajo: las ideas nuevas exigen tipografía nueva para su transmisión. A partir de aquí se abocó al diseño de moldes con los que imprimió libros considerados heréticos. Gran cantidad de panfletos salieron de su taller, así como carteles y afiches donde se propagaban las tesis de Lutero y los ataques contra la Misa. Garamond seguramente habrá participado en muchas de esas jornadas de trabajo, y allí habrá podido comprobar cómo ese principio teórico de su maestro se encarnaba en una práctica vital que unía de un modo inescindible pensamiento y materia, forma y contenido, coherencia ideológica y orientación estética. El mismo Augereau, protegido con un delantal que le cubría el pecho y las piernas, enfundada su cabeza en un gorro de tafetán colorado para evitar la eventual caída de cabellos sobre los impresos todavía frescos, las manos manchadas de tinta, dirigía personalmente los trabajos entre los oficiales, aprendices y medio aprendices. Como un operario más, cargaba los bastidores en los soportes de la prensa, componía las formas o renglones de texto alineando los tipos sobre las guías ajustables, aconsejaba a uno la forma más apropiada de distribuir los espacios, recomendaba a otro que tenga cuidado con la viscosidad de la tinta. Augereau no tardó en hacerse conocer en los medios intelectuales y cortesanos, y llegó a ser protegido de la propia Margarita de Navarra, hermana del rey Francisco I. La princesa, intelectual ella misma, también había tomado partido por las tendencias reformistas, al mismo tiempo que animaba a un nutrido grupo de artistas y escritores. Bajo su mecenazgo creció en Francia uno de aquellos ambientes humanistas, acaso no muy distinto a la Florencia de los Médici o al de Roma bajo el papado de León X, al fin y al cabo otro Médici. Sin embargo, la intolerancia religiosa se convirtió en una enfermedad cuyos primeros síntomas se empezaron a manifestar ya bajo el reinado del propio rey Francisco, presagiando los momentos de paroxismo como los de la Noche de San Bartolomé. En esa madrugada del 24 de agosto de 1572 se desató por toda Francia una masacre de hugonotes que duraría varias jornadas, al cabo de las cuales, solo en París los asesinados se contaban por miles. Francisco pensaba que los protestantes constituían una seria amenaza para su autoridad. Se opuso categóricamente a ellos ni bien se produjeron las primeras agresiones iconoclastas a imágenes y reliquias religiosas. Durante el llamado affaire des Placards –el “asunto de los pasquines”– los protestantes pusieron panfletos propagandísticos por todo el país, llegando algunos de ellos incluso al dormitorio del propio monarca. Esto lo llevó a determinar que habían traspasado los límites, y así 18 de octubre de 1534 se publicaron los primeros edictos condenatorios, y comenzaron las persecuciones. A pesar de que el ambiente se había vuelto irrespirable, Augereau continuaba su trabajo en forma más o menos clandestina, desde el atardecer hasta altas horas de la madrugada. La fría nochebuena de ese mismo año se iluminó con los resplandores amarillentos de una fogata: el maestro tipógrafo finalmente fue entregado a las llamas, rodeado de sus propios libros. Garamond, mezclado entre un público enardecido, apenas podía disimular el espanto de ver cómo el producto de sus talleres se convertía en el combustible de un fuego que ascendía hasta la oscuridad de las estrellas borroneadas por el humo. En una danza convulsa, las letras se retorcerían hasta desprenderse convertidas en finísimo espectro de sí mismas, cenizas entre risotadas, carbones apenas encendidos que fundirían su naranja pálido con el pálido naranja del amanecer.




Los maestros tipógrafos [Fragmento].
Mario Ortíz. 

Eterna Cadencia.